BEAS DE SEGURA


Situada en el Nordeste de la provincia de Jaén, comarca de la Sierra de Segura y Parque Natural de Cazorla, Segura y Las Villas, sus cinco núcleos de población (Beas de Segura, Cuevas de Ambrosio, Cañada Catena, Los Santiagos y Prados de Armijo) albergan una población de 5586 habitantes (Año 2008).

La gran riqueza arqueológica de su entorno atestigua una ininterrumpida ocupación humana desde el Paleolítico Inferior, centrada ya en época histórica en torno a la agricultura y el control de las rutas mineras.  Así, durante la etapa romana Beas es un punto estratégico en las comunicaciones entre la zona minera de Cástulo (Linares) y la costa levantina siguiendo el curso del río Guadalimar, como lo atestigua el Puente Mocho.

Con los musulmanes se convierte en una importante fortaleza con centro en el actual barrio de La Villa. Es conquistada por los cristianos entre 1224 – 1227 y cedida en 1239 a la Orden de Santiago que, por su localización estratégica, la incluye en la Encomienda de Segura. Cuando en 1575 Felipe II manda elaborar las Relaciones Histórico-Geográficas, Beas es un centro económico floreciente dedicado a las actividades agropecuarias (doce molinos harineros, dos aceiteros y cinco batanes para el tratamiento de la lana y la producción de paños), que cuenta con 4.500 habitantes.

Es en esta fecha cuando llega Santa Teresa de Jesús para realizar la primera fundación carmelitana de Andalucía, el Convento de Carmelitas Descalzas de San José del Salvador, marcando un hito en su historia, pues la fundación carmelitana permitió la presencia de San Juan de la Cruz y con la construcción del convento se relaciona el inicio de los festejos de San Marcos.

A partir del siglo XVII Beas entre en un proceso de decadencia de la que no consiguen sacarla las reformas ilustradas ni los cambios administrativos que la llevan a pertenecer a la Provincia de La Mancha y luego a la de Jaén (1833), de manera que, hacia mediados del siglo XIX, apenas tenía unas 2.695 almas. La villa, con 500 casas, 16 calles y 3 plazas, era sólo el testimonio del esplendor pasado y de los desastres causados por los franceses, que la incendiaron hasta siete veces y destruyeron su patrimonio cultural y artístico.

Las roturaciones de tierras de finales del XIX se dedican al cultivo del olivar, iniciándose así la configuración paisajística y económica del municipio: el monocultivo del olivar, complementado con los cultivos hortofrutícolas en las estrechas márgenes del río Beas. En la década de los sesenta recupera algo de su antigua pujanza, llegando a contar con algo más de 14.000 habitantes, si bien el acelerado proceso de modernización de España creó una fuerte corriente emigratoria y abrió el proceso de decadencia de la Sierra de Segura, situación que persiste en la actualidad a pesar de la promoción turística y el fomento de las actividades de ocio y tiempo libre gracias a su riqueza paisajística y su patrimonio histórico y cultural.

En la actualidad, Beas de Segura es un pueblo dedicado al cultivo del olivar, con los cultivos de huerta en franco retroceso y una ganadería insignificante limitada a pequeños rebaños que pastan en los montes públicos de Cañada Catena y Fuentepinilla. Las actividades industriales son escasos, dedicadas a la extracción de aceite de oliva (7 almazaras), al sector de la construcción (extracción de áridos, prefabricados de hormigón…)

Y, como actividades novedosa, la planta de montaje de aeronaves instalada en el Aeródromo de El Cornicabral. El resto de actividades económicas pertenecen al sector servicios: entidades bancarias, pequeño comercio, reparación de automóviles, enseñanza, sanidad, hostelería, etc.

Los usos y costumbres tradicionales son los propios de una sociedad rural, aunque la imposición de los modelos urbanos ha alterado o hecho desaparecer muchos de ellos. El calendario festivo está vinculado a las faenas y ciclos agrícolas, iniciándose con las “luminarias” de San Antón, en las que los vecinos repartían vino, “cuerva” y patatas asadas como ofrenda al santo para la protección de sus animales, y las de la Virgen de la Paz, patrona de la villa. Los Carnavales dan paso a la Cuaresmo y al “toque de la Bocina”, una trompeta de lúgubre sonido que anuncia la próxima Semana Santa y sus vistosas procesiones entre las que destaca “el Paso” con la escenificación de La Sentencia.

La plenitud de la primavera y del calendario festivo llega con San Marcos y sus toros ensogados. Las Cruces de mayo han desaparecido, pero se conserva la costumbre de visitar la Cruz de los Trabajos, un promontorio desde el que se divisa una bella panorámica de la población y donde descansaba San Juan de la Cruz cuando venía desde El Calvario para visitar a las monjas carmelitas.

San Juan y su verbena dan paso a unos veranos cálidos y secos que terminan con la Feria de septiembre. Originariamente era un mercado, al final del año agrícola, para intercambiar productos y adquirir o reponer animales, aperos de labranza y utensilios de uso doméstico, a cuyo amparo se desarrollaban actividades lúdico-festivos, que en la actualidad son las únicas que se mantienen, junto a la procesión de la patrona de la localidad.

En el folclore destacan los “Cristos”, un baile en el que laudes, bandurrias y guitaras, con la jota de Beas, las “pesás” y las “ligeras”  ponen música a pícaras letras alusivas a noviazgos y acontecimientos de carácter popular. Y todo ello, acompañado de una rica y variada gastronomía elaborada con un excelente aceite de oliva virgen extra que realza el sabor de platos como el ajopringue, el ajoatao o los andrajos.